Los atardeceres son mágicos desde las cuevas, al igual que el flamenco que se vive cada noche en tablaos prestados para ello, con un cante, toque de palmas y guitarreo que despierta mi más sentida admiración poniéndoseme la carne de gallina.
Las tardes soleadas de noviembre se pasan en la calle recorriendo la ciudad encontrando terrazas en el camino, con el tapeo típico conocido y que ha ganado una muy buena y bien ganada fama. La catedral, tan majestuosa siempre, se alza para todos dándonos paso a la Alcaicería, calles angostas y enigmáticas que conforman una lonja histórica abarrotada de mercancías artesanales y tradicionales. 
La melancolía se despierta atravesando el Paseo de los Tristes al lado del río Darro, pequeño pero de caudal constante del que se dice que tenía oro. Un paseo seguro inolvidable.
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